Historia de cuatro futuros |
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Los albores del siglo XXI abrieron una oportunidad para reflexionar sobre el pasado y especular en torno al futuro. Este hito no sólo anunció el principio de un nuevo milenio, sino que también marcó más de 50 años de vida de varias instituciones mundiales clave, como las Naciones Unidas y el Banco Mundial.
Los acontecimientos a nivel regional también ofrecen importante materia de reflexión. Los países de la Unión Europea (UE) encaran la posibilidad de que en uno o dos decenios se duplique el número de miembros, alentada por el final de la Guerra Fría y la caída del bloque oriental. En África, la extinción relativamente pacífica del apartheid en Sudáfrica y la transición del régimen militar al civil en Nigeria cambiaron el clima político. Estos cambios totales en los dos países más poblados del continente abren la puerta a un nuevo debate sobre la manera de resolver los problemas persistentes de África, como guerras civiles, pobreza, desigualdad y la pandemia del SIDA. Los cambios políticos en Asia y el Pacífico, de manera notable en Indonesia y Filipinas, y las repercusiones de la crisis económica a finales del decenio de los noventa, estimulan el diálogo abierto sobre el futuro de la región. En América Latina y el Caribe, un periodo de relativa estabilidad ha motivado una mayor disposición a resolver problemas importantes heredados del pasado. Al encontrarse en el centro de algunos de los acontecimientos geopolíticos más divulgados, la población de Asia Occidental ve el futuro con cautela. Mientras tanto, la desaceleración económica y los ataques terroristas recientes han provocado que muchos estadounidenses revalúen sus acciones dentro y fuera del país a un grado nunca visto por décadas. En este momento, el mundo está marcado por cambios tumultuosos. Parece estar gestándose un sistema mundial en la medida en que aumenta la interdependencia económica. La tecnología de la información acelera la propagación de ideas y la transformación humana de la naturaleza se manifiesta a escala planetaria. A medida que crecen las economías, los ricos se hacen más ricos y muchos de los pobres se las arreglan para escapar de la pobreza. Pero persisten grandes disparidades al coexistir una riqueza excesiva con una pobreza abyecta y cada extremo genera sus propias presiones ambientales características. Al formarse una idea de las perspectivas futuras, algunos encuentran
motivos de optimismo, pero otros son más aprensivos. A pesar de
las fuerzas antiglobalización potencialmente poderosas, los optimistas
prevén la formación de un verdadero mercado mundial y saborean
las oportunidades de una mayor eficiencia y comunicación. La búsqueda
de la riqueza individual en el escenario económico mundial, equilibrado
por los mecanismos de gobierno universales para reducir los obstáculos
del mercado, puede, según los optimistas, abrir el camino a una
nueva era de abundancia para todos. Si las instituciones de los países
en desarrollo pueden adaptarse para beneficiarse de las nuevas tecnologías
y de la emergente economía sin fronteras, y si pueden crearse formas
apropiadas de gobierno mundial, la marea creciente de prosperidad mundial
elevará a todos a nuevos niveles de bienestar. Frente a los mismos fenómenos, los escépticos avisoran tiempos más difíciles. Ven la riqueza y el poder acumulados en unas cuantas manos, en especial las de las empresas transnacionales. Ven la expansión desigual de los métodos de producción modernos en todo el mundo, un desarrollo disociado y enfoques obstinadamente unilaterales y manipuladores de las negociaciones mundiales. Los pesimistas temen que el resultado sea el debilitamiento de la confianza entre el Norte y el Sur y entre las poblaciones de ambas regiones, hasta llegar a la incapacidad crónica para lograr acuerdos creíbles, legítimos y aplicables sobre el desarrollo sostenible. Se preguntan cómo es posible mantener una búsqueda desenfrenada de crecimiento económico dentro de los límites del medio ambiente. ¿Acaso el desarrollo mundial impulsado por el mercado, lejos de generar un sentido de pertenencia a una sociedad mundial común tiende, en cambio, a seguir dividiendo a la humanidad en privilegiados y excluidos, norte y sur, facciones modernistas y tradicionalistas? Si la acelerada transición a una economía mundial no da tiempo a que las instituciones se adapten, ¿se sacrificará la cohesión de la comunidad y la participación democrática?
Muchos sienten recelo también ante la posibilidad de que sus hijos hereden un mundo empobrecido y frágil con agotamiento ecológico, social y económico. Más fundamentalmente, algunos se oponen a que se alienten características y estilos de vida fundados en el individualismo y la codicia, que consideran producto de esta cultura mundial de consumo. Varias iniciativas importantes allanan el camino para los acontecimientos
principales del nuevo siglo. La ronda de negociaciones de Doha en el seno
de la Organización Mundial de Comercio (OMC), incluida China, su
miembro más nuevo, aporta la base jurídica para un sistema
de comercio mundial expandido. De manera significativa, se plasmó
por escrito el reconocimiento de que este sistema debe tomar en consideración
preocupaciones sociales y ambientales de importancia, además de
las metas económicas fundamentales. Un convenio multilateral sobre
inversión liberaliza los regímenes de inversión en
los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo
Económicos (OCDE) en primer lugar, con la expectativa de que la
iniciativa se extienda en breve a todo el mundo. La coalición contra
el terrorismo allana el camino para nuevos enfoques de seguridad internacional.
Mientras tanto, se siguen haciendo esfuerzos para salvar las negociaciones sobre el clima, para lograr acuerdos multilaterales sobre el medio ambiente en otras áreas y abordar problemas sociales importantes. Mucho de este esfuerzo gira inicialmente alrededor de instancias internacionales, en particular de la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible y actividades subsiguientes, que impulsan el compromiso renovado a la acción. Este compromiso gira en torno a una mezcla de viejas y nuevas iniciativas diseñadas para comprender mejor las cuestiones que son motivo de preocupación y abordarlas de una manera más eficaz. Se subrayan las metas y los objetivos relacionados con necesidades básicas (seguridad alimentaria, acceso al agua limpia, saneamiento, educación básica y esperanza de vida) y con condiciones ambientales (calidad del aire urbano, disponibilidad de agua dulce, utilización de los recursos, eliminación de desechos y conservación del hábitat y las especies). Asimismo, se contrae el compromiso de fortalecer las instituciones de gobierno internacionales. |
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