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La protección de la capa de ozono de la
Tierra se ha presentado como uno de los mayores desafíos de los
últimos treinta años, y es un problema que se extiende al
medio ambiente, el comercio internacional y el desarrollo sostenible.
La disminución de la capa de ozono amenaza la salud humana favoreciendo
enfermedades como el cáncer de la piel, cataratas en los ojos y
deficiencias inmunitarias, afecta a la flora y a la fauna, e influye también
en el clima del planeta. El agotamiento del ozono es causado por varias
sustancias químicas conocidas como sustancias agotadoras de ozono
(SAO), las más notorias de las cuales son los clorofluorocarbonos
(CFC). En 1974 se hicieron públicos los resultados de estudios
científicos que relacionaban el agotamiento del ozono estratosférico
con la liberación en la estratósfera de iones de cloruro
provenientes de CFC (Molina y Rowland 1974). Las SAO se utilizan en refrigeradores,
acondicionadores de aire, atomizadores de aerosoles, espumas aislantes
y de muebles, equipos de lucha contra incendios. A medida que la demanda
por dichos productos fue creciendo, también lo hizo la producción
de SAO, la cual alcanzó su punto más alto a fines de los
años 1980 (véase el gráfico).
El agotamiento de la capa de ozono de la Tierra ha alcanzado ahora niveles
récord, especialmente en la región Antártica, y más
recientemente también en el Ártico. En septiembre de 2000
el agujero de ozono en la Antártida cubría más de
28 millones de kilómetros cuadrados (WMO 2000, NASA 2001). El promedio
de pérdidas de ozono en la actualidad es del 6 por ciento en las
latitudes intermedias del Hemisferio septentrional durante el invierno
y la primavera, del 5 por ciento en las latitudes intermedias del Hemisferio
meridional durante todo el año, del 50 por ciento durante la primavera
antártica y del 15 por ciento durante la primavera ártica.
Estas pérdidas dan como resultado un aumento de radiaciones nocivas
UV-B del 7 por ciento, 6 por ciento, 130 por ciento y 22 por ciento respectivamente
(UNEP 2000a).
Pero, gracias a los esfuerzos continuos de la comunidad internacional,
el consumo mundial de SAO ha disminuido notablemente y se predice que
la capa de ozono comenzará a recuperarse en uno o dos decenios
y que retornará a los niveles anteriores a 1980 para mediados del
siglo XXI, si todos los países se adhieren a las medidas de control
futuras del Protocolo de Montreal (UNEP 2000a).
La cooperación internacional ha sido la clave para proteger la
capa de ozono estratosférico. Los países acordaron en principio
abordar este problema mundial antes de que sus efectos se hicieran manifiestos
o que su existencia estuviera científicamente probada, lo que fue
probablemente el primer ejemplo de aceptación del enfoque basado
en el principio de precaución (UNEP 2000a).
La acción internacional comenzó seriamente
en 1975, cuando el Consejo de Administración del PNUMA convocó
a una reunión para coordinar las actividades de protección
de la capa de ozono. Al año siguiente se estableció un Comité
Coordinador sobre la Capa de Ozono cuya finalidad es realizar un análisis
científico anual. En 1977 Estados Unidos prohibieron el uso de
CFC en los aerosoles no esenciales. Canadá, Noruega y Suecia pusieron
en vigor medidas de control semejantes. La Comunidad Europea (CE) contuvo
la capacidad de producción de aerosoles y comenzó a limitar
su uso. Estas medidas, aunque útiles, sólo dieron un alivio
temporal. Luego de disminuir durante varios años, el consumo de
CFC comenzó a aumentar nuevamente en los años ochenta, como
resultado del incremento del uso de los CFC que no vienen en forma de
aerosol, como las espumas, solventes y refrigerantes. Se hizo necesaria
la adopción de medidas de control más estrictas y el PNUMA,
juntamente con varios países desarrollados, tomó la iniciativa
de proponer la firma de un tratado mundial sobre la protección
de la capa de ozono estratosférico (Benedick 1998).
El Convenio de Viena para la protección de la capa de ozono fue finalmente
firmado por 28 países en marzo de 1985. En él se alienta la cooperación
internacional en materia de investigación científica, observación sistemática
de la capa de ozono, vigilancia de la producción de SAO, e intercambio
de información. En septiembre de 1987, 46 países adoptaron el Protocolo
de Montreal relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono. En
diciembre de 2001, 182 Partes habían ratificado el Convenio de Viena y
181 el Protocolo de Montreal.
El Protocolo original sólo requería que para diciembre
de 1999 se lograra una reducción del 50 por ciento en el consumo
de cinco CFC ampliamente usados y que se contuviera el consumo de tres
halones. Evaluaciones científicas hechas regularmente constituyeron
la base de enmiendas y ajustes posteriores al Protocolo que se introdujeron
en Londres (1990), Copenhague (1992), Viena (1995), Montreal (1997) y
Beijing (1999). Para el año 2000, 96 sustancias químicas
estaban sujetas a control (Sabogal 2000).
La mayoría de las SAO, con inclusión de todas las mencionadas
en el Protocolo original, habían sido eliminadas en los países
industrializados para fines de 1995. Como aplicación concreta del
principio de responsabilidad común pero diferenciada, el Protocolo
acuerda a los países en desarrollo un periodo de gracia de diez
años y les brinda un mecanismo financiero (el Fondo Multilateral
para la Aplicación del Protocolo de Montreal) que les permite enfrentar
los costos de eliminar las SAO. Hasta el año 2000, el Fondo Multilateral
había desembolsado más de 100 millones de dólares
en la creación de capacidad y proyectos destinados a eliminar las
SAO en 114 países en desarrollo.
Casi todas las Partes signatarias del Protocolo de Montreal han adoptado
ya medidas para eliminar las SAO, lo que ha dado como resultado que, en
el año 2000, el consumo de SAO se hubiera reducido en un 85 por
ciento (UNEP 2000b).
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